Lo empecé un domingo por la tarde sin ningún plan concreto, que es exactamente el estado de ánimo perfecto para Pepe Colubi. Estaba tumbada en el sofá con la intención de escuchar media hora y acabé perdiendo casi toda la tarde con Pipi y sus tropiezos laborales en la España de mediados de los noventa. Hay algo en la voz de Colubi, esa cadencia entre el cuento de bar y la crónica generacional, que te desactiva cualquier resistencia intelectual.
Dispersión cierra la trilogía que comenzó con California 83 y continuó con Chorromoco 91, y llega a Pipi en el momento en que por fin tiene un título universitario en la mano, es decir, en el momento en que la realidad empieza a cobrarle la factura. Lo que viene después es un retrato de la precariedad como modo de vida elegido a medias y sufrido a medias, con trabajos que no llevan a ningún lado, relaciones que tampoco, y una cantidad generosa de bares y conciertos que funcionan como colchón emocional.
Una voz que se narra a sí misma sin trampa
El mayor riesgo de un libro en el que el autor interpreta su propio alter ego es la autocomplacencia. Colubi lo esquiva con una habilidad que merece señalarse: Pipi no sale bien parado. No es un héroe de la antiambición, no es un rebelde romántico. Es simplemente alguien que ha encontrado la manera de no doblarse sin darse demasiadas explicaciones al respecto. La narración en primera persona que el propio autor realiza refuerza esa impresión de honestidad, de estar escuchando a alguien que te cuenta su vida sin adornos y sin victimismo.
La decisión de autointerpretarse funciona especialmente bien en los momentos de comedia situacional. Colubi tiene un sentido del ritmo que en papel probablemente se pierde un poco pero en audio se despliega con toda su eficacia. Sabe cuándo hacer una pausa, cuándo acelerar, cuándo dejar que el silencio haga el trabajo.
El retrato de una época sin nostalgia impostada
Los noventa en España tienen una forma muy específica de aparecer en la ficción: o bien idealizados como una época de libertad y creatividad, o bien lamentados como el momento en que todo se torció. Colubi no hace ninguna de las dos cosas. La época simplemente está ahí, como decorado que no necesita explicación porque sus lectores la vivieron o la conocen de sobra. Los trabajos precarios, las compartidas interminables, la cultura del botellón y los conciertos en salas pequeñas no están presentados como crítica social ni como objeto de nostalgia: son el escenario natural de una vida que transcurre.
Esa neutralidad es, paradójicamente, lo que hace que el libro funcione como documento generacional. No te dice cómo sentirte al respecto. Te deja sacar tus propias conclusiones mientras te ríes.
Tercer volumen: ¿cierre satisfactorio o capítulo pendiente?
Varios oyentes señalan que Dispersión no es tan redondo como sus predecesores, y hay algo de razón en ello. El primero y el segundo libro de la trilogía tienen una arquitectura más nítida, unos hitos narrativos más claros. Aquí Colubi opta por algo más difuso, más parecido a la propia experiencia de los veintitantos: un período que no tiene principio ni final marcados, que simplemente sucede. Eso puede leerse como un defecto estructural o como una decisión formal coherente con lo que se está contando.
Lo que sí es indiscutible es que la trilogía en su conjunto forma un retrato generacional de una coherencia poco frecuente en la literatura española de humor. Y el hecho de que varios oyentes pidan ya el cuarto volumen dice bastante sobre el vínculo que Colubi ha construido con su público a través de estos tres libros.
Quién disfruta de este audiolibro y quién debería empezar por el principio
Si nunca has leído a Colubi, este no es el mejor punto de entrada: arranca dando por conocida la historia de Pipi y sus coordenadas vitales. Lo ideal es empezar por California 83, seguir con Chorromoco 91 y llegar aquí con el contexto completo. Si ya llevas los dos anteriores, Dispersión te va a dar exactamente lo que buscas: más Pipi, más España de los noventa, más humor con fondo.
Quien busque una trama con tensión dramática o una resolución emocional clara puede que salga con la sensación de que le falta algo. Quien disfrute de la escritura de personaje, de la comedia de costumbres y de las crónicas generacionales sin grandes ambiciones filosóficas, tiene aquí casi seis horas muy bien aprovechadas.