Hay clásicos que resisten el tiempo porque son bellos y hay clásicos que resisten porque son verdaderos. Los pazos de Ulloa de Emilia Pardo Bazán es de los segundos: una novela que en 1886 describió estructuras de poder, misoginia y violencia con una claridad que sigue resultando incómoda hoy. La empecé una noche de otoño pensando que me exigiría cierta disposición académica, y terminé el primer capítulo sin haber notado el paso del tiempo.
Pardo Bazán es, como señala una de las reseñas con razón, una escritora injustamente olvidada en relación con su calidad real. A la altura del mejor Galdós, decía el reseñista, y la comparación no es exagerada. Lo que distingue a esta novela de la narrativa de su época es la voluntad de no mirar hacia otro lado: el caciquismo gallego, la Iglesia como poder real antes que espiritual, la violencia doméstica implícita y explícita, la imposibilidad de los personajes débiles de escapar de sus circunstancias. Todo está ahí, sin adorno moralizante.
Galicia como personaje
Una de las primeras cosas que golpea al escuchar este audiolibro es cómo el paisaje gallego deja de ser fondo y se convierte en agente. Los pazos de Ulloa, esa casa señorial en decadencia rodeada de montes y aldeas, tiene una presencia física que Pardo Bazán construye con una precisión casi táctil. La aldea que embrutece y envilece, como dice la propia cita que abre el libro, no es un juicio moral sino una observación naturalista: el entorno condiciona a sus habitantes de forma implacable.
Este tratamiento del espacio conecta directamente con la tradición naturalista que Pardo Bazán conocía a fondo, habiendo introducido el naturalismo de Zola en España con polémica considerable. Pero su versión es más matizada que la del maestro francés: el determinismo existe, pero los personajes conservan una conciencia de su situación que les da una dignidad trágica que el naturalismo más mecánico no siempre concede.
Don Pedro Moscoso y el desmoronamiento de una clase
El Marqués de Ulloa es uno de los grandes retratos de la decadencia aristocrática en la literatura española. Pardo Bazán no lo pinta como un villano sino como el producto de un sistema que lo ha formado así: ignorante por comodidad, violento por costumbre, incapaz de los afectos que su posición social debería generar. Su interacción con el capellán Julián, el personaje más moralmente atento de la novela, genera la tensión central de todo el relato.
La pregunta que recorre el texto, quién tiene el poder real en esta sociedad y cómo se ejerce, tiene respuestas que el siglo XXI puede leer sin necesidad de traducción histórica. Las estructuras que Pardo Bazán describe son reconocibles.
Neus Sendra y la densidad del estilo
Leer a Pardo Bazán en voz alta es un desafío. Su prosa tiene una arquitectura elaborada, con subordinadas que se acumulan y descripciones que exigen que el oyente las habite antes de continuar. Sendra lo resuelve con una dicción que respeta los ritmos sin hacerlos artificiales, y con una voz que en los momentos más oscuros de la narración adquiere una gravedad que el texto exige.
Las nueve horas y catorce minutos se escuchan con una concentración que este tipo de literatura requiere. No es un audiolibro para el gimnasio o el transporte bullicioso: pide atención y la recompensa.
Para quién es imprescindible
Para cualquier lector en español que quiera entender la tradición literaria de la que venimos, Los pazos de Ulloa es lectura obligatoria. En formato audio, con la narración de Sendra, se convierte en una experiencia accesible incluso para quienes tienen cierto respeto reverencial ante los clásicos del XIX. Puedes acceder a él como audiolibro gratuito en Audible y descubrir por qué hay quien lleva años reclamando para Pardo Bazán el lugar que merece en el canon.